Ernesto llevaba más de 20 años dirigiendo su empresa. Aprovechando una coyuntura económica difícil, compró una compañía quebrada y con mala reputación y la había convertido en estas dos décadas en un próspero negocio con una envidiable cartera de clientes. Lejos quedaban las épocas de vacas flacas, cuando los bancos no querían darle crédito o los proveedores apenas si aceptaban venderle. Hoy tenía todas las puertas de los bancos abiertas y andaban tras él no sólo los proveedores sino también los clientes, haciendo turno para que los atienda. Y llegaba a darse el lujo de desechar a unos y otros.
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Un buen negocio con un mal socio
Hace unos meses asistí al cierre de una empresa. Duros momentos en que los socios se acusaban unos a otros de por qué el negocio no funcionó. Armando, el gerente, miraba entre perplejo y frustrado cómo un negocio que parecía destinado al éxito se venía abajo: después de luchar por cerca de tres años para hacer que la empresa caminara se había cansado de remar.
SUNAT o el Socio Omnipresente
En un negocio hay diversos tipos de socios. Algunos son simplemente capitalistas: les gustó tu idea y decidieron apostar por ella invirtiendo dinero. Otros son socios operativos: aquellos que poseen el conocimiento o la experiencia que el negocio necesita y que están dispuestos a compartir contigo. También hay otros que ponen ambos: capital y experiencia. Sin embargo hay un socio que parece que quita recursos y no aporta nada al negocio, y que además es omnipresente a todas las empresas: la SUNAT o el Estado, si queremos ser más precisos.
La necesidad de los sistemas de control
Vendían más y ganaban menos. Marcos era feliz unos años atrás y hoy era un mar de preocupaciones. Llevaba cerca de tres horas de reunión con el jefe de logística, el comercial y el contador y no lograba sacar nada en claro ¿qué estaba pasando con el negocio? Los tres manejaban información similar y sin embargo ninguno de los reportes parecía coincidir con el del otro: ¿estaban fallando en fijar los precios y los descuentos? ¿era que los repartos no se hacían bien o que los costos logísticos estaban inflados? ¿cuál era el lote mínimo para que servir a un cliente fuera rentable? ¿y si Contabilidad se equivocaban con sus números? ¿quién tenía la razón?
Los Estados Financieros y el Masaje Contable
Sentados alrededor de la mesa Claudio, gerente de la empresa, y sus dos socios –todos ingenieros– escuchaban atentamente las explicaciones de su contador (el tercero en menos de dos años) sobre los últimos estados financieros que les había preparado. Se notaba un clima tenso y cierto nerviosismo en todos, pues los últimos meses Claudio y sus socios debieron afrontar diversas inspecciones de la administración tributaria, que les ocasionaron multas y otros pagos por montos muy considerables y que habían impactado seriamente en la liquidez de la empresa. Estaba nervioso porque tanto él como sus socios preferían mil veces afrontar los problemas operativos de su constructora, en donde sabían perfectamente lo que tenían que hacer, a tener que enfrascarse en revisar las cifras y asientos contables, de los que no tenían mucha idea.
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Cuando los negocios se parecen pero no son lo mismo
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Manuel era dueño y gerente de una empresa que confeccionaba prendas de vestir de exportación para hombres y mujeres. Una pequeña parte de su producción estaba dirigida a atender al mercado local vía una cadena retail. Como el negocio de exportación de prendas de vestir era estacional, tenían épocas de baja actividad y requerían llenar esas temporadas con algún tipo de pedidos. Algunos de sus competidores habían lanzado sus propias tiendas para ir a la caza del consumidor nacional, lo que les ayudaba a hacer uso de su capacidad instalada.